Fredric Brown
Se despertó de
pronto, preguntándose por qué dormía si no quería hacerlo. Echó una rápida
ojeada a la esfera luminosa de su reloj de pulsera. Los números, que brillaban
en una oscuridad casi absoluta, le indicaron que pasaban unos minutos de las
once. Había descansado; fue suficiente una breve cabezada. Se había quedado
dormido en el sofá, menos de media hora antes. Si su esposa realmente quería
estar con él, habría de ser más tarde. Tendría que esperar hasta estar segura
de que la condenada hermana de él estuviera dormida, profundamente dormida.
Resultaba una
situación ridícula. Sólo llevaban casados tres semanas, volvían de la luna de
miel, y era la primera vez que dormía solo durante ese tiempo. Y todo porque su
hermana Débora había insistido absurdamente en que pasaran la noche en su
apartamento. Cuatro horas más de viaje y hubieran llegado a casa, pero insistió
tanto Débora que tuvieron que aceptar. Después de todo, se confesó, una noche
de abstinencia no le vendría mal; de hecho, estaba fatigado y sería mucho mejor
aprovechar esta oportunidad para conducir descansado y fresco a la mañana
siguiente.
Por supuesto,
el apartamento de Debie sólo tenía un dormitorio y él sabía de antemano, antes
de aceptar su invitación, que no podría acceder a su ofrecimiento de dormir
fuera y dejarles a él y a Betty en la habitación. Hay formas de hospitalidad
que uno no puede aceptar, ni siquiera de nuestra dulce y cariñosa hermana
soltera. Pero estaba seguro, o casi seguro, que Betty esperaría a que Débora se
durmiera para ir a reunirse con él, aunque fuera breve el momento de intimidad,
ya que se sentiría cohibida pensando que algún ruido podía despertar a su
cuñada.
Seguramente
vendría, por lo menos para darle un beso de buenas noches, y quizá se
arriesgara a ir un poco más lejos, como él estaba decidido a hacer. Por esa
razón la esperaba en silencio.
Claro que ella
vendría, sí... la puerta se abrió despacio en la oscuridad y se cerró de nuevo
silenciosamente, oyéndose únicamente el chasquido de la cerradura y el suave
roce de la negligeé o camisón, o lo que fuera, al caer al suelo. Un momento más
tarde, el cuerpo desnudo se estrechaba contra el suyo y la única conversación
fue un murmullo.
- Querido... -
y después no fueron necesarias más palabras.
Ninguna palabra
durante los interminables minutos que pasaron hasta que la puerta se abrió
nuevamente, esta vez dejando pasar una luz blanca y delineando, con blanco
horror, la silueta de su esposa de pie en el marco de la puerta comenzando a gritar.
FIN
Edición
Electrónica de Paul Atreides
Bahia Blanca,
Junio de 2001